Después de caer con contundencia en el Camp Nou en Copa del Rey, y ante un Real Madrid reducido en su alineación por la necesidad de pensar en Old Trafford, el Barcelona debía ofrecer mucho más.
Tras ser noqueado no mostró ánimo de revancha en el Bernabéu, le faltó hambre. Y esa actitud de contentarse con el empate es la peor conclusión que puede sacar del Clásico liguero.A nivel de puntos no necesitaba imperiosamente la victoria por la gran distancia que ha conseguido, pero sí en cuanto a orgullo. Y prefirió no salir más dañado antes que cicatrizar la herida, una muy mala señal. Quedó demostrado con el guión que propuso después de empatar el encuentro. Sesteó demasiado en el centro del campo y en la segunda mitad pareció pactar un empate que no dejaba descontento a nadie.
Quiso mantener el control de la posesión y evitó el intercambio de golpes, algo comprensible de no haber sufrido el palo de la Copa del Rey. No enseñó los dientes sino que se le notó seriamente golpeado anímicamente. Más allá de los problemas futbolísticos, las dos derrotas antes el Real Madrid y la de San Siro han noqueado psicológicamente al Barcelona.
La situación es para que salten las alarmas. Se han intentado buscar soluciones con la titularidad de Villa, pero el asturiano fue víctima del mal momento del equipo. Y se vio algo diferente a tanta previsibilidad en la asistencia al espacio de Dani Alves y el desmarque de Messi que propició el único gol.
Un argumento futbolísico que echaba de menos el Barcelona, pero que se practicó demasiado poco. Prueba de la falta de ideas es la imagen de Messi enjaulado en el campo, sin encontrar espacios para hacer sus jugadas. Y prueba del desquiciamiento colectivo es la imagen de Víctor Valdés perdiendo los estribos al final, por muy claro que fuera el penalti.
El Barça necesita refrescarse, una nueva actualización que aporte algo nuevo para remontar al Milan, la auténtica final con la que se comprobará el tamaño del bache.

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